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30 Agosto 2006
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«CARTAS LIBERCRÁTICAS»
El error de la indefensión
 
Beth Moysés
Antonio
Yuste
CUANDO HAS TENIDO a alguien al alcance del gatillo y mereciendo morir, muere o le salvas la vida, sabes quien eres. Le tuve a tiro durante varios minutos. Entregó a sus compañeros, que fueron torturados hasta la muerte, a cambio de una bolsa de adidas repleta de francos CEFA. Murió. Cuando no tienes a punto el cuerpo embruteces la mente y si les das la espalda al gatillo arrugas tu vida. La vida delante del gatillo es dura. Es moralmente dura. No te permite traspasar la responsabilidad de tus actos a segundas o terceras personas. No te permite inhibirte y todo depende de ti. Cuando la bala abandona el cañón deja de obedecer. Nadie te oprime ni te manipula y das cuenta de tus actos a un juez o jurado que pondrá tierra por medio entre tus razones y su misión.

Dormir con armas, vivir con armas, es una prueba necesaria, es una reválida moral que pone a prueba a los individuos y a los pueblos adultos. Las armas nos hacen libres, la entrega de las armas, de nuestras armas, crea verdugos y tenemos que elegir entre ser libres o alimentar verdugos, tiranos, mentirosos y repugnantes. Cuando las armas, nuestras armas, forman parte de la justicia y de la Ley y nadie puede arrogarse la potestad de infringir nuestro derecho a empuñarlas, estamos sentando el precepto de que el poder bajo ningún concepto, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el monopolio de la violencia. El pueblo en armas es un axioma moral. No es un axioma funcional sobre su oportunidad o conveniencia puesto que nos permite volverlas, si es preciso, contra el gobierno o contra el poder, es un axioma intrínsecamente moral. Negar la fuerza, la fuerza física y la fuerza letal, es negar que la estamos continuamente acumulando para esto y para aquello y que si no lo hacemos nosotros lo hacen en nuestro nombre. Negar la importancia de la fuerza y de la fuerza letal, es mentir e inhibirse de la obligación moral de gestionarla, uno a uno, individuo a individuo.

El monopolio de la violencia por parte del Estado es muy real, es ineficiente para perseguir el delito y convierte en víctimas, reparen en la crueldad, a sus mejores ciudadanos. La seguridad es una necesidad para los ciudadanos y un derecho a pisotear para la ideologías chabacanas
Para saber quiénes somos existen muchos procedimientos y todos incompletos. Nuestra actitud moral ante el acontecimiento irreversible de la vida o la muerte, la propia y la ajena, nos permite saber quiénes somos con bastante precisión y aún ejemplaridad. Cuando entregamos nuestras armas estamos entregando nuestra mayoría de edad, nuestro albedrío, estamos degradándonos, huyendo de la responsabilidad moral de generar fuerza y fuerza letal para defender principios morales, de orden y necesidad y para preservar la Ley. No para imponerla que es un acto colectivo, y sí para impedir que con coacción menoscaben tus derechos o los derechos de los tuyos. No es posible la virtud pública sin la ejemplaridad privada. Quién diga que es posible miente.

No podemos delegar el deber sagrado de proteger con fuerza, con fuerza letal si fuere preciso, nuestros derechos, los que nos proporciona la Ley y a sabiendas de que tendremos que dar cuenta de nuestros actos a un jurado. Nuestro criterio para elegir y ser elegido se devalúa si hemos abdicado del derecho moral a estar armado y hacer uso de la fuerza mediante los principios y la justicia moral. El deber de autorregularnos, de conducirnos con principios, se demuestra también en las circunstancias límites. Tener armas propias es tener poder, poder real, y administrar dicho poder es asumir la responsabilidad que asumen los ciudadanos con principios morales y que saben y no lo ocultan, que el primer deber es administrar la propia fuerza, nuestra propia fuerza letal.

Los argumentos funcionales son de gran utilidad pero son poco relevantes para el caso. Por eso le digo, si es usted un defensor de la prohibición de las armas, que tiene una importancia relativa lo que ocurre cuando el Estado, el que tiene el monopolio de la violencia, no puede, no sabe o ha abdicado de nuestra defensa ante las acometidas del crimen organizado. Y es oportunista, por lo antedicho, que le recuerde que ciudadanos armados horizontalizan la seguridad creando territorios amables. Es un golpe bajo, a mayor abundamiento, si le recuerdo que el monopolio de la violencia detentado por el Estado es incapaz de impedir que el psicópata o el delincuente se arme en el mercado negro, mientras nosotros permanecemos indefensos. Y adquiero una excesiva ventaja, lo sé, si traigo a colación las cifras infalibles de que los indeseables o psicópatas, dispuestos a usar la ventaja de disponer libremente de armas para cometer sus felonías, producirán el mismo número de crimenes y delitos que cuando no disponían del libre acceso a las mismas a pesar de lo cual, los riesgos son inferiores, muy inferiores, a los atropellos mortales que produce el tráfico en una ciudad. Quedaría muy bien, lo reconozco, alegando que el pueblo en armas expande la seguridad y dignifica la vida pública. Pero no es eso de lo que quiero hablar y no es eso lo que ahora me importa. Todos sabemos que la prohibición de tener armas, lejos de eliminar el crimen y el delito lo expande. No quiero que me de la razón. Quiero que reflexione.

Lo que importa es que el derecho a la Legítima Defensa tiene que ser un derecho efectivo y real y no un motivo ornamental de nuestra legislación. Lo que importa, y es decisivo, es que renunciar a estar armados es renunciar a la protección de nuestros derechos también con fuerza. Lo que importa es que las balas de los ciudadanos son balas terapéuticas para defenderse del virus de la tiranía y la corrupción. Lo que importa es que no existe principio moral que nos exima del deber de administrar nuestra fuerza, incluida la fuerza letal. Lo que importa es que no existe un principio moral que nos faculta para crear verdugos o para amparar que en uso del monopolio de la violencia, individuos o grupos de individuos impongan su Ley. Lo que importa es que estar armado es duro, moralmente muy duro y nos hace adultos.

Cuando has tenido a alguien al alcance de tu gatillo y mereciendo morir, muere o le salvas la vida, sabes quien eres. Eso es lo que importa. Importa que corría detrás de él por una calle de Port Gentil, dispuesto a agujerear su pútrido cerebro, cuando una camioneta se me adelantó. Antes de cruzar conviene mirar. Conviene mirar, con detenimiento, cuantas mentiras e hipocresía se ocultan detrás de los Estados que detentan el monopolio de la violencia. El monopolio de la violencia por parte del Estado es muy real, es ineficiente para perseguir el delito y convierte en víctimas, reparen en la crueldad, a sus mejores ciudadanos. La seguridad es una necesidad para los ciudadanos y un derecho a pisotear para la ideologías chabacanas.



El día 31 de agosto, jueves, más | ANTONIO YUSTE
Alatriste
Historias propias
DIPTERIUM 1. La amargura del Capitán Alatriste es una amargura muy familiar. Es mi amargura. Nunca entendí porque el cine y la literatura que se hace en España me escamoteaba mi propia historia. Crecí en una época siniestra, Franco al frente y unos cantamañas y bastante delincuentes en la oposición, entre comunistas y otros ismos, afiliados en su totalidad a la Leyenda Negra española. La famosa oposición política española, ignorante y malintencionada, manipuladora y repugnante practicó, y no se harta, la falsificación histórica y su anulación. Lo cuenta bien Pérez-Reverte, «El siglo XVII es un siglo fundamental para España. Es una época manipulada por unos, contaminada por otros; unos quisieran borrarla, y otros, no pudiendo borrarla, o limpiarla, porque la consideraban sucia, decidieron olvidarla». Alatriste, sin menoscabo del juicio crítico, pone luz donde había leyenda, amargura donde había fanfarria, veneno donde hay dinero y redaños cuando hace falta. Pues sea. Bendito Pérez-Reverte, bendito Alatriste y bendito Agustín Díaz Yanes, el director de la película. El siglo XVII es un trocito de nuestra historia, un pequeño trocito. Nuestra historia necesita ser rescatada de las garras indecentes de los historiadores afiliados a la ignorancia y amancebados con la ridícula negación de España y los españoles. Que se jodan.
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