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23 Agosto 2006
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«CARTAS LIBERCRÁTICAS»
IV. Contra Dominio del Estado, Legitimidad
 
Tomás Hobbes
Antonio
Yuste
MAQUIAVELO no se anduvo por las ramas. Bien sabía él que la legitimidad de los gobernantes no provenía de Dios. Lo dejó dicho en 1513, en su obra El Príncipe, consagrada a poner a caldo a Luis XII, al grito de fuera máscaras. Fue contundente. Escribió que la obtención y retención del poder era el fin último. Sí señor, el fin último, con un par. El Príncipe, es un compendio de habilidades para conservar el poder. Las lecciones de Maquiavelo han inspirado y siguen inspirando a los usufructuantes del poder. Hobbes escribe en su obra Leviatán, de 1651, que la legitimidad del Estado, es consecuencia directa de un pacto social entre los gobernantes y los súbditos fundamentado en el mutuo interés. Los primeros proporcionan seguridad a los segundos para proteger sus vidas. A Hobbes le gustaban las cosas del hombre y seguir su rastro, sin intervención de lo divino y sobrenatural, para comprender sus necesidades. Veía al hombre como una máquina de dos movimientos: acercamiento y alejamiento, acercamiento a las cosas que desea y alejamiento de las cosas que le amenazan, que ponen en peligro su vida. Ingenioso. El miedo a la muerte violenta —Hobbes tenía terror al daño corporal, a las pupitas— y una necesidad imperiosa de paz es, para Hobbes, el sustrato del vínculo, del contrato, entre gobernantes y gobernados, que justifica la existencia del Estado. Max Weber, como buen teutón, exasperó a principios del siglo XX la postura de Hobbes en un claro estilo germánico y terminal: el Estado posee el monopolio en el uso legítimo de la violencia. Lo que es verdad hasta que deja de serlo, a pesar de lo que diga el teutón.

El EFLE llega hasta el último punto de sus bastas posesiones con la fuerza, con la Ley, con un decreto o con un reglamento. Todo lo fiscaliza y ofusca, todo lo enturbia y ésta es la cuestión, sin legitimidad para ello. Diera la sensación de que su legitimidad es universal y continua, eterna. No es cierto, su omnímodo poder reside en su naturaleza vandálica
Para explicar el origen de la sociedad, de la organización social, de los distintos pactos sociales, de las distintas fuentes de legitimidad, se acude a las explicaciones más variopintas a lo largo de la historia de la Humanidad. De lo que no cabe duda es de que el hombre se agrupa y se organiza, a veces con fuerza, y de que lo hace usando los conocimientos, las creencias y las intuiciones de cada época. Y digo yo que en el siglo XIX y XX han jugado un papel decisivo las creencias y las intuiciones fallidas mucho más que los conocimientos. La sobreabundancia de utopías felicistas e igualitarias, abstractas, con el Estado en el papel principal. Un Estado, imagínense, que se autolegitima porque dice que garantiza la felicidad y la igualdad.

El EFLE, el Estado Flatulento Expandido, es consecuencia directa de los relatos metafísicos sobre la felicidad y la igualdad. El EFLE fundamenta su legitimidad en una leyenda con tonos espirituales sobre la felicidad, la igualdad y el paraíso. La filosofía del siglo XIX y XX, convertida en ideología chabacana, en política barriobajera, en política para delincuentes, es una filosofía, resumiendo, que en lugar de anticipar el futuro, joder, anticipa el pasado, el paraíso perdido. Son filosofías que se fundamentan en la certeza de su existencia y que se han comportado como armas de destrucción masiva, provocando todo tipo de cataclismos bélicos, maremotos existenciales y dilemas espirituales de frenopático.

Pasma ver en nuestros días las legiones de artistas y creadores, jovencísimos y no tanto, pertenecientes a todas las ramas del arte, explorando con delectación las contradicciones de nuestras formas de vida con el propósito de respaldar su diagnóstico, la muerte del capitalismo, mientras viven a su cuenta y sin reparar que su delectación es poco más que una tormenta hormonal y que sus agudeza exploradora, sus descubrimientos, compiten en subnormalidad con las letras de hip-hop, consagradas en un 90% de casos a exaltar la envidia, la codicia, la violencia, el poder absoluto y más que nada la ignorancia, interpretadas por individuos que te señalan con el dedo, se agachan, azorran y retuercen para reforzar su mensaje.

El EFLE descarga su furia, su vandalismo, atribuyéndose títulos de legitimidad, sin norte ni concierto, para apoderarse de nuestras vidas y no dejar ámbito en el que no meta sus narices para la práctica de la extorsión, verdadera finalidad de todos sus movimientos. ¿Lo hacen en nombre de las utopías o siguiendo el dictado de Maquiavelo? ¿Qué es peor? A estas alturas, con lo que ha llovido, sabemos que lo hacen para abundar en la extorsión de la que todos sus protagonistas son plenamente conscientes.

Reservarse el monopolio de la violencia no asegura la inexistencia de guerras o de abuso de poder. Reservarse el derecho exclusivo de educar a los nacionales con el currículo dictado y prediseñado por el EFLE, no garantiza el éxito o algo que se le aproxime y no importa la rama del saber elegida. Reservarse el derecho de planificar nuestra salud y regular en qué consiste no garantiza la inexistencia de pandemias y aún menos de que lo hace mejor que nosotros. Reservarse el derecho de condenar con sus palabras y sus actos el rendimiento de nuestro trabajo y a renglón seguido saquearlo con impuestos para gastáserlo en nuestro nombre, no garantiza su buena gestión ni que el orden de prioridades es el que más nos conviene.

El EFLE nos quita el dinero para usarlo discrecionalmente. Lo usa, incluso, para competir contra nosotros, para expandir las discriminación y las abominaciones, proteger a unos y vilipendiar a otros, favorecer a unos territorios y perjudicar a otros. Para beneficiar un conjunto de intereses y perjudicar otros. ¿Dónde está el mandato para hacer esto, en qué parte de la Ley? El EFLE invoca competencias descritas por las Constituciones y por la leyes ordinarias, lo que es cierto. Lo es también que se arroga competencias cuyo desempeño le obliga a hacerlo expandiendo las abominaciones. ¿Dónde está el mandato y la legitimidad para expandir las abominaciones?,
¿por qué se arroga competencias cuyo desempeño le obligan a delinquir, a practicar abominaciones que necesita ocultar detrás de confusa legislación y abigarrados reglamentos? Hay cosas y desempeños que el Estado no puede hacer y de los que debe salir de inmediato. ¿Debemos esperar del Estado una gestión inmaculada y pura? No. Es lícito esperar, eso sí, competencias y procedimientos que propenden a ello más que lo contrario, lo que actualmente ocurre.

Ha llegado el momento de revisar las competencias del EFLE, de reconsiderar sus atribuciones para minimizar su tendencia natural a la inmoralidad y a la irradiación de abominaciones. El EFLE, avanza en dirección al Estado Absoluto. ¿Es eso lo que queremos? No. Queremos un Estado que nos sirva, útil. Tenemos que redefinirlo, adelgazarlo y consagrarlo a lo que sí puede y debe hacer, con pocos excesos fundamentalistas y sólidos criterios funcionales. El Estado Flatulento Expandido, es caprichoso por su propia naturaleza, y tan enorme que ingobernable. En España, es el caso, ha decidido abandonar, voluntariamente, el monopolio de la violencia para otorgársela a una banda terrorista y humillar a sus ciudadanos a los que se niega a proteger, defender y resarcir del daño contra ellos cometido, con resultado de abominación.

Contra el Dominio del Estado, Legitimidad. ¿De siervos del Rey a siervos del EFLE, qué proyecto de vida es ese? El EFLE llega hasta el último punto de sus vastas posesiones con la fuerza, con la Ley, con un decreto o con un reglamento. Todo lo fiscaliza y ofusca, todo lo enturbia y ésta es la cuestión, sin legitimidad para ello. Diera la sensación de que su legitimidad es universal y continua, eterna. No es cierto, su omnímodo poder reside en fundamentos vandálicos. El EFLE no resuelve, crea problemas constantemente y agudiza los existentes. Tarjeta roja. El Estado tiene que obedecer, su autoridad que la tiene, es delegada. Nadie puede pertenecer a un Estado sin convertirse en vasallo de una burocracia. El estado es un instrumento del pueblo, de las distintas sociedades. Su misión es funcional. Con su petulante superioridad hago yo albondiguillas.



El día 24 de agosto, jueves, más | ANTONIO YUSTE
Grigori "Grisha" Yakovlevich Perelman
Un "no" al "sí"
DIPTERIUM 1. Grisha le ha dicho a la comunidad matemática que tararí que te ví, que no quiere sus honores. El Congreso Matemático de 2006 ha dado por buena la demostración de Grisha de uno los retos del milenio, descrifrar la conjetura de Poincaré, concediéndole la medalla Fields por convertir, después de un siglo, la conjetura en teorema. La ha rechazado. No se fía de la honorabilidad de la comunidad matemática. Y hasta tal punto no se fía que prefirió publicar su demostración en internet antes que en alguna de las revistas con prestigio del sector. En 2002 colgó su primer trabajo en la red y en 2003 otros dos que completaban su demostración. La Conjetura de Poincaré es un problema topológico que necesitaba ser demostrada. Grisha ha demostrado que las propiedades de la esfera, una superficie de dimensión 2 en un espacio de dimensión 3 se reproducen en objetos de dimensión mayor. Ha demostrado, de paso, rechando la medalla, que la comunidad matemática tiene su propio problema topológico, a saber, que es un espacio cerrado de una única dimensión y para Grisha con pésimas propiedades: la envidia y el saqueo de ideas ajenas. El conocimiento tiene una fase de cría, otra de engorde y otra de sacrificio cuando sale a la plaza. También se ordeña. Cosa prosaica que tiene muy conmovido a Grisha, un genio y un ser en apariencia puro. ¿Sabe Grisha que el puro se fuma y que cuando arde las impurezas arden con él?
AGOSTO
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