Martes
1 Agosto 2006
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«CARTAS LIBERCRÁTICAS»
Partidogenia
 
Adam Neate
Antonio
Yuste
DIME CON con quién militas y te diré que tipo de bicho eres. Nuestra democracia es muy poco partidogénica, sale mal en las fotos. Repelemos la militancia en los partidos a los que no otorgamos la más mínima honorabilidad. Consideramos la actividad política una parte de la fiscalidad. Otro impuesto que sobrellevamos como podemos. Repudiamos la acción política porque descreemos, con razón, de las ideologías y las utopías de todo a cien. Pero si descreemos de los partidos desconfiamos, con mayor fundamento, de las personas que militan en los partidos. Son individuos a los que saludamos si disfrutan de alguna cuota de poder, por si acaso, y de los que nos burlamos hasta delinquir, hasta el escarnio, si son simples militantes de base.

Las personas que militan tienen cara de tasa y con buen criterio, ocultan su militancia. El instinto de supervivencia lo es todo en estos casos. Las personas que militan lo llevan con absoluta discreción incluso cuando obtienen algún tipo de rendimiento a su militancia, en forma de nombramientos o adjudicación de algún beneficio. El descrédito de la militancia política es de tal magnitud y calibre que contamina todo lo que toca. Todos ocultan el periódico que leen porque los periódicos hace tiempo que forman parte del descrédito. No es fácil contar que se lee Atracta, una página para iniciados. Nuestros lectores lo saben. Hacemos política del siglo XXI y en cuanto a política se refiere los españoles, como pueblo, estamos confortablemente instalados en la nostalgia de los nacionalismos embrutecidos, los progresismos progresados, los centrílocuos y los adictos al estado meralúrgico.

No es fácil contar que se lee Atracta. Nuestros lectores lo saben. Hacemos política del siglo XXI y en cuanto a política se refiere los españoles, como pueblo, estamos confortablemente instalados en la nostalgía de los nacionalismos embrutecidos, los progresismos progresados, los centrílocuos y los adictos al estado meralúrgico
Y tal grado de descrédito se produce en un entorno, es lógico, donde las gentes babean ante el poder y con el poder. Por eso, a pesar del descrédito, el régimen partidocrático sobrevive. Estábamos en la partidocracia y hace tiempo que hemos entrado en la partidomierda a pesar de lo cual, el régimen, ya digo, sobrevive. Para los españoles lo importante es el poder. Estamos instalados en la conveniencia desde tiempos inmemoriales. Las convicciones nos vienen sobrando. No aceptamos más convicción que la que se deriva de la inteligencia colectiva y cuando se expresa por sí misma y sin esfuerzo. Es un dejarse ir. No es mala cosa, muy cómodo y un mecanismo de la selección natural. Muy primario, eso sí. El resto es poder, culto al poder y conveniencia particular. Los españoles somos de pocas convicciones —si se nos preguntara seríamos incapaces de nombrarlas— y naturalmente, como es lógico, no estamos dispuestos a pagar un duro por ellas. ¿Pagar por lo que se desconoce, dónde se ha visto? Los españoles estamos afiliados a la máxima conveniencia, la propia, lo que tiene sentido.

¿Es un actitud inteligente? Es una actitud generalizada y es todo lo inteligente y estúpida, al unísono, que puede ser. Vivimos en un sistema cerrado y los españoles no sabemos cómo abrirlo, por un lado, y no tenemos ganas de que tal cosa ocurra, por otro. Somos ignorantes en un 50%, nos faltan habilidades y dominio de procedimientos para abrirlo, y somos interesados en otro 50%, calculando que nuestra astucia para sobrevivir en un entorno cerrado y trabado nos proporcionará ventaja respecto a los demás. Pecamos, doblemente, por sobrados y por ignorantes. Nuestra supuesta pericia para sobrevivir en un ambiente cerrado, trabado, nos aleja del aprendizaje de formas y procedimientos característicos de las democracias de calidad. Tenemos por lo tanto, el régimen político que podemos —el que comprendemos y el que al tiempo rechazamos—, en nuestro caso un régimen partidocrático de pésima calidad.

Los partidos políticos en España son los dueños de la sartén, del aceite, de la cocina y de las viandas. Constitucionalmente, legalmente, y por vía reglamentaria se han hecho con todo el poder. Las burocracias partidarias, de inspiración totalitaria, son las dueñas del cotarro y según sus estatutos, de inspiración fascista-leninista, asunto que afecta por igual a la derecha, a la izquierda y a los nacionalistas, están todos calcados, son las propias burocracias las que reponen todos los cargos del partido y los cargos públicos. En los grandes partidos son los jefes partidarios los que eligen a su sucesor. Felipe González nombró a Almunia, Aznar a Rajoy, Pujol a Artur Mas y Garaicochea a Begoña Errazti. Cuando no es así, los partidos se dividen y unos militantes humillan a otros, en su lucha a cuchillo por el control de la burocracia. Estoy pensando en el PNV, entre Josu Imaz y Joseba Igibar o en el BNG, entre Antonio Quintana y José Manuel Beiras. Son partidos con pocas tensiones cuando se comportan como sindicatos de cargos, repartiendo beneficios, cuando están en el poder, y que se crispan y se dividen y se disuelven cuando se alejan del botín. Cuando sus posibilidades de llegar al poder son nulas o muy limitadas, es otra variable muy conocida, no pueden reprimir su pulsión natural a la escisión constante.

Los españoles comprendemos bien que los partidos, tal como hoy los conocemos, los realmente existentes, son agrupaciones para la toma del poder, para la conquista del botín y si no encarnan o simbolizan dicha posibilidad son estructuras condenadas al fracaso. Un partido que en el actual régimen no puede ser bisagra u opción de poder, es una estructura condenada al escarnio público, no importa lo que diga, lo que haga, su organización interna y sus postulados. Dicho con premura: un partido al que no se le vean, con claridad, maneras depredadoras de la caja pública, será rechazado sin contemplaciones por los españoles. De otra manera, partido político equivale a una estructura con amparo legal que reúne a delincuentes que se confabulan para apoderarse de los caudales públicos.

La Ley de Partidos no establece cautelas y requisitos que cumplir para evitar que los estatutos desemboquen en estructuras fascistas-leninistas, totalitarias, a merced de sus jefes. Es más, es la propia Ley de Partidos la que anima dichas estructuras burocráticas. Y por si fuera poco, las leyes garantizan que el trágala partidario, tal como lo conocemos, esté debidamente engrasado por los presupuestos públicos. Los partidos actúan y se comportan como agentes del Estado, al que están unidos por una sonda financiera, y no como agentes de los ciudadanos a los cuales se deben y de los cuales se deben financiar. ¿Pagan cuotas los militantes de derechas e izquierdas? No pagan cuotas en la mayor parte de casos y cuando las pagan son ridículas.

El Estado, que es de todos, debiera permanecer neutro al debate político. Los partidos se comportan como agentes de una estructura, también burocrática, el Estado, que previamente han colonizado. Es así como cierran el círculo de la insidia y la usurpación de los derechos históricos, civiles y políticos de los españoles.

¿Puede un régimen partidocrático exhibir su querencia por la Libertad y la Justicia si está constituido por entidades denodadamente antidemocráticas, los partidos? Es un imposible, obvio es, teórico y práctico.

Nada de extraño tiene, por lo tanto, que los españoles repudiemos la militancia política. Es correcto. El instinto no nos falla. Los españoles, motivos no nos faltan, vivimos la política como un impuesto. En el ideario colectivo consta, dicho en plata, que solo los maleantes y delincuentes pueden desear militar en un partido político. Si alguien milita en un partido político es por algo, un algo, imagínense, censurable.

Hasta aquí la parte antropológica. Tiene, sin embargo, nuestro comportamiento una parte clínica. Es imposible pedir peras al olmo y concebir esperanza alguna sobre una estancia, el poder, suspendida en el aire, preexistente, desprovista de metas, horizontes, razones, lógica y procedimientos. Es un imposible. Los españoles cultivamos, a la postre, sin saberlo la no/historia y la ausencia de futuro. Otro imposible. Y es en el componente clínico donde reside la fortaleza del régimen partidocrático. Régimen que sobrevive porque los españoles veneramos el poder, sus beneficios y su disfrute. Los españoles despreciamos, con gran criterio, la militancia ideológica, roñosa y exenta, y envidiamos el poder con el que fantaseamos y que nos gusta imaginar absoluto, radiante y feliz y con el que tendemos a mostrarnos complacientes y tolerantes. Un poder, fantasioso, consagrado a retribuir la vanidad de quien lo detenta.

La política que conocemos es un dejarse ir, siguiendo el empuje del más desabrido, el más brutal, en este caso los nacionalismos embrutecidos, mientras los partidos convencionales se afanan en sus cuitas para controlar y disfrutar el poder, ese poder suspendido del aire, preexistente, anterior al hombre, ahistórico, desprovisto de metas, horizontes, razones, lógica y procedimientos. Es de este modo como los españoles, sesteando entre bromas y escarnios dejamos, tan campantes, que las cosas ocurran como si no fuera con nosotros y tuviéramos la certeza de que jamás seremos salpicados por cualquiera de sus manifestaciones. Es nuestra parte demente. La ignorancia es una hidra muy perniciosa que termina devastando nuestros propios intereses y los cimientos de cualquier régimen. Los españoles tendemos a creer que en cualquiera de los casos, incluso los más adversos, siempre nos sobrepondremos a los destrozos de la política. Pues claro. La pregunta correcta, sin embargo, es otra: ¿a qué precio?

La partidogenia de nuestra democracia es mala, pésima. Somos una democracia muy poco partidogénica. Es humano que la gente, con Libertad, se asocie y se agrupe por afinidades o para alacanzar una meta. Es intolerable que dichas agrupaciones, al amparo de la Ley, adopte formas mafiosas, burocráticas, totalitarias y fascistas-leninistas. Es intolerable y anacrónico. Los
estatutos de Atractor están diseñados y concebidos para que eso no ocurra. Los procedimientos son muy importantes y en ocasiones decisivos, lo contaminan todo.


El día 2 de agosto, miércoles, más | ANTONIO YUSTE
Asuntos turbios
Iberia, Aena y Sadisexy
DIPTERIUM 1. El eslogan reza del siguiente modo: Aena, comodidad en tierra. No se ría. Llore si quiere pero no se ría. Aena es dueña del aeropuerto del Prat y el tándem Aena/Iberia es un monstruo fuera de control, antojadizo, caprichoso, una auténtica cloaca del Estado donde hocican políticos corruptos, servicios de inteligencia, grandes delincuentes y sindicatos. Aena es una empresa pública y es la propietaria de las infraestructuras de nuestras fronteras aéreas que gestionan el 90% del tráfico de personas que entran y salen de España (el resto lo hace por tierra) y el 20% del tráfico de mercancías. Un gigantesco negocio y una infraestructura clave donde el Estado, el Estado como tal, la parte del Estado que no es una cloaca, tiene una autoridad relativa, bastante relativa, a pesar de que es su único y exlusivo dueño. Iberia es una empresa de transporte de pasajeros privada y de gestión de infraestructuras aeropuertuarias. ¿Qué papel juega Magdalena Álvarez, Sadisexy, en la defensa del monopolio de Aena?
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