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ESTADO DEL BIENESTAR
El chicle filosofal
Cortes que se practican en el tronco del chicozapote para obtener su sabia. La que una vez cocida se transformará en chicle.
ANTONIO
YUSTE
LOS EXEGETAS de la Sociedad del Bienestar, lo son porque militan en la filosofía del chicle, porque tienen como credo el culto al chicozapote, el codiciado árbol de la selva del Gran Petén, en el Estado de Quintana Roo de México, cuya resina se extrae y cuece en la propia selva hasta que adquiere esa textura de látex arbóreo tan codiciada para mascar. ¿Qué fue primero, el tzicli mesoamericano propio de la cultura maya o la sociedad del Bienestar?

El
tzicli es lo que inspiró e inspira a los paleomarxistas dueños y señores de la macroeconomía y grandes interpretes del Estado moderno. Los grandes demiurgos de nuestra era, espolvoreados por todo tipo de ideologías y partidos, los que orientan el sueño social de la Sociedad del Bienestar, como lo oyen, se inspiran en el fruto resinoso del chicozapote, el que se convirtiera a principios del siglo XX en producto estratégico de México que los americanos embarcaban y trasladaban a Estados Unidos protegiendo tan preciada carga con submarinos a lo largo de la travesía. James Adams enseñó a los useños que mascando el látex arbóreo mezclado con edulcorantes, al modo maya, se podía combatir la ansiedad y el nerviosismo. A las tropas americanas les podía faltar de todo durante la primera y segunda guerra mundial, excepto el tzicli maya y fue el tzicli, la goma de mascar la que inspiró esta gran metáfora social que conocemos como Estado del Bienestar.

Aunque los polímeros sintéticos le han robado protagonismo a la resina de chicozapote, el chicle sigue siendo la principal fuerza de inspiración de los grandes interpretes de la Sociedad del Bienestar. El Estado del Bienestar ha llegado hasta nuestros días exhibiendo sus poderes, los del chicle:
El Sueño de la continuidad
El sueño de la extensibilidad

Los exegetas del Estado del Bienestar, que lo son del chicle, aseguran que en unas condiciones iniciales, el Estado arrojará los mismos resultados, pase lo que pase. Es el Estado chicle, el estado hecho de la misma pasta que la sabia del chicozapote. Para los grandes demiurgos del Estado del Bienestar y adoradores del chicozapote los cambios que puedan producirse nunca alterarán de manera significativa los resultados. Es el sueño de la continuidad, es un desafío a las matemáticas y un afrenta a la experiencia que nos eneseña que el chicle aún siendo puro y no un polímero sintético, el rumio constante lo desacredita y rinde.

Esos mismos exegetas consideran que los cambios en las normas pueden ser extendidas sin límite alguno porque, por sí mismas, no les es dado alterar los resultados. Son los que hablan de derechos de tercera, cuarta y quinta generación y confían en el poder milagrero de la caja común. Es el sueño de la extensibilidad, la que tiene el chicle, y que se adjudica al Estado del Bienestar, extensible hasta el infinito desafiando las reglas de la física. ¿Cuántas veces ligeros cambios en las normas producen grandes cambios en los resultados, grandes y a menudo opuestos a los esperados?

Condiciones iniciales exógenas al sistema, insignificantes, pueden producir cataclismos. Un comité de tres personas que toma las decisiones por mayoría puede producir resultados tan opuestos como la paz, la guerra o la capitulación. Pueden producir resultados tan chuscos como el comunismo, la socialdemocracia o la libertad de mercado. Otro tanto ocurre con una negociación en el que pequeños cambios en la condiciones de partida pueden producir resultados no previstos por ninguna de las partes. Añádase que los sistemas son dinámicos. ¿Son libres los partidos políticos de recaudar libremente el dinero que necesiten? Incluso siendo libres su posibilidades son físicamente limitadas. El problema más común es que cuando detraen dinero por un concepto resta posibilidades para detraerlo por cualquier otro. La economía es asunto de vasos comunicantes y dinámica. En conjunto son circunstancias que demuestran la ausencia de continuidad y que ponen en solfa la parábola del chicle y esa suerte de paganismo que lleve a los demiurgos de la Sociedad del Bienestar a rendir culto al chicozapote.

Las normas si afectan al sistema. Sobre un sistema dado se insuflan nuevas normas, aparentemente inocuas, que pueden generar, es perfectamente posible, resultados imprevistos. Por ejemplo, el cambio de una norma electoral puede producir un cataclismo en todo el sistema. A mayores, el cambio de un pequeño reglamento en el Congreso de los Diputados, puede producir un cataclismo en todo el sistema y en el actual equilibrio de poderes. La extensibilidad del modelo es otra gaita afónica que rinde honores a esa desviación religiosa que doy en llamar culto al chicle, al Estado Chicle, al Estado del Bienestar entendido como látex de mascar.

Estoy hablando de cambios menores en las condiciones de partida, exógenas al sistema. Imagínense lo que ocurre cuando se producen cambios bruscos en las condiciones objetivas del sistema tal que que hundimiento demográfico, destrucción de la identidad colectiva, alteración de la legitimidad, abundancia de instituciones sin objeto social reconocible, hábitos sociales que no se corresponden con las condiciones de partida o pérdida de racionalidad matemática.

Asistimos al fín de la hegemonía de los idólatras de lo polímeros sintéticos a los mandos de la Sociedad del Bienestar. El látex arbóreo está muy lejos de representar eficazmente las posibilidades y necesidades ciertas de nuestra sociedades. Si se entierra en un tonelada de chicle a Rajoy, Solbes, Arturo Mas o Ibarreche, comprobará como se disuelven hasta extinguirse en la goma de mascar. Solbes, Rajoy, Mas, Ibarreche o el chicle. Serían un buen título para una novela sin final. zETAp no cuenta, está consagrado a la redención del terrorismo y al triunfo del Frente Popular. Es un loco aparte.

Se puede seguir hablando, eso sí, del Estado del Bienestar incluso después de su extinción. Es el poder de la rutina.
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